
Todos sabemos que nuestra vida es un constante fluir de recuerdos. Solamente habiendo estado en un lugar, como un monte bajo, a la orilla del mar o cerca de unos árboles florales o frutales o haciendo una acción al lado de nuestra abuela haciendo magdalenas, cuajadas o estando con el heno recien cortado, etc. sabremos y recordaremos el olor o aroma de las cosas.
Cuando nos ponemos a catar u oler un vino, enseguida decimos huele a manzana, frutas rojas, vainilla, cueros, madera, etc. Pues no. El vino no huele. El vino nos recuerda a las manzanas, los cueros, etc.
El ser humano utilizamos los sentidos al 10%, solamente las personas que han sufrido la desgracia de no contar con alguno de los 5 sentidos los utiliza en torno al 65%. Catar es un ejercicio que iremos desarrollando tras muchas catas. Nuestro cerebro es una CPU y almacena todos nuestros recuerdos, y catando, el cerebro descubre un olor a picotas maduras y, automáticamente, como lo tiene identificado, va a reconocer los otros aromas que tiene el vino.
Solamente recordaros que al igual que hay recuerdos buenísimos, hay malos recuerdos, pero todos ellos los tenemos que identificar. Algunas veces cuando un vino tiene aromas a cerrado, humedad, estanque o algún otro aroma desagradable, si le dejamos que se oxigene, o le decantamos, pueden desaparecer esos aromas. Esto ocurre con vinos más complejos. Pero eso es otro tema que dejaremos para más adelante cuando hablemos de la decantación de los vinos.












